Domingo 27 de abril- (Juan 20,19-32)
El evangelio de Juan
describe con trazos oscuros la situación de la comunidad cristiana cuando en su
centro falta Cristo resucitado. Sin su presencia viva, la Iglesia se
convierte en un grupo de hombres y mujeres que viven «en una casa con las
puertas cerradas, por miedo a los judíos».
Con las «puertas cerradas»
no se puede escuchar lo que sucede fuera. No es posible captar la acción del
Espíritu en el mundo. No se abren espacios de encuentro y diálogo con nadie. Se apaga la confianza en el ser humano y crecen los recelos y prejuicios.
Pero una Iglesia sin capacidad de dialogar es una tragedia, pues los seguidores
de Jesús estamos llamados a actualizar hoy el eterno diálogo de Dios con el ser
humano.
El «miedo» puede paralizar
la evangelización y bloquear nuestras mejores energías. El miedo nos lleva a
rechazar y condenar. Con miedo no es posible amar al mundo. Pero, si no lo amamos, no lo estamos mirando como lo mira Dios. Y, si no
lo miramos con los ojos de Dios, ¿cómo comunicaremos su Buena Noticia?
Si vivimos con las puertas
cerradas, ¿quién dejará el redil para buscar las ovejas perdidas? ¿Quién se atreverá a tocar a algún leproso excluido? ¿Quién se
sentará a la mesa con pecadores o prostitutas? ¿Quién se acercará a los
olvidados por la religión? Los que quieran buscar al Dios de Jesús nos
encontrarán con las puertas cerradas.
Nuestra primera tarea es dejar entrar al Resucitado a
través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús
ocupe el centro de nuestras iglesias, grupos y comunidades. Que solo él sea
fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se
apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.
Ya no tenemos el poder de
otros tiempos. Sentimos la hostilidad y el rechazo en nuestro entorno. Somos
frágiles. Necesitamos más que nunca abrirnos al aliento del Resucitado para
acoger su Espíritu Santo.