Domingo 1 de Noviembre–
(Mateo 5,1-12a)
A menudo se piensa que la fe es algo que tiene
que ver con la salvación eterna del ser humano, pero no con la felicidad
concreta de cada día, que es lo que ahora mismo nos interesa.
Más aún. Hay quienes sospechan que sin Dios y sin religión seríamos más
dichosos. Por eso es saludable recordar algunas convicciones cristianas que han
podido quedar olvidadas o encubiertas por una presentación desacertada o
insuficiente de la fe. He aquí algunas.
Dios nos ha creado solo por amor, no para su propio provecho o pensando en
su interés, sino buscando nuestra dicha. A Dios lo único que le interesa es nuestro bien.
Dios quiere nuestra felicidad no solo a partir de
la muerte, en lo que llamamos «vida eterna», sino ahora mismo, en esta vida.
Por eso está presente en nuestra existencia potenciando nuestro bien, nunca
nuestro daño.
Dios respeta las leyes de la naturaleza y la libertad del ser humano. No
fuerza ni la libertad humana ni la creación. Pero está junto a nosotros
apoyando nuestra lucha por una vida más humana y atrayendo nuestra libertad
hacia el bien. Por eso, en cada momento contamos con la gracia de Dios para ser
lo más dichosos posible.
La moral no consiste en cumplir unas leyes
impuestas arbitrariamente por Dios. Si él
quiere que escuchemos las exigencias morales que llevamos dentro del corazón es
porque su cumplimiento es bueno para nosotros. Dios no prohíbe lo que es bueno
para el ser humano ni obliga a lo que puede ser dañoso. Solo quiere nuestro
bien.
Convertirse a Dios no significa decidirse por una vida más infeliz y
fastidiosa, sino orientar la propia libertad hacia una existencia más humana,
más sana y, en definitiva, más dichosa, aunque ello exija sacrificios y
renuncia. Ser feliz siempre tiene sus exigencias.
Ser cristiano es aprender a «vivir bien»
siguiendo el camino abierto por Jesús. Las bienaventuranzas son el núcleo más
significativo y «escandaloso» de ese camino. Hacia
la felicidad se camina con corazón sencillo y transparente, con hambre y sed de
justicia, trabajando por la paz con entrañas de misericordia, soportando el
peso del camino con mansedumbre. Este camino diseñado en las bienaventuranzas
lleva a conocer ya en esta tierra la felicidad vivida y experimentada por el
mismo Jesús.