Domingo 12 de Julio- (Mateo 13, 1-23)
En pocos años estamos pasando de una sociedad profundamente religiosa,
donde el cristianismo jugaba un papel decisivo en la vida de las personas y en
la convivencia social, a otro estilo de vida más laico e increyente, donde lo religioso va perdiendo importancia.
Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba
presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son muchos los creyentes que sienten malestar y
sufren ante la nueva situación.
Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha perdido su anterior
virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni fuerza de
convicción para el hombre moderno.
Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Aun
en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una virtualidad poderosa para «salvar» al
hombre de lo que le deshumaniza. Difícilmente encontraremos algo o
a alguien que pueda dar un sentido más humano y liberador a nuestras vidas.
Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser presentado con
fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin
deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones
interesadas.
Es cierto también que el
evangelio exige una acogida sincera y una disponibilidad total. Y son
muchos los factores que, como la riqueza, los intereses egoístas o la cobardía,
pueden ahogar y anular la eficacia de la palabra de Jesús.
Pero el evangelio sigue
teniendo hoy una energía humanizadora insospechada. Olvidarlo sería un
error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier caso, los creyentes
hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino hora de sembrar con fe
en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.