Domingo 5 de Julio- (Mt 11, 25-30)
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a
la gente sencilla».
Siempre que he tenido la impresión de estar junto
a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable
cultura, pero siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.
En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios para que se despierte la fe. Para mucha
gente, ciertos conceptos religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de
sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como
«fosilizado» en sus conciencias. Sin embargo, me he encontrado con gentes
sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni razonamientos. Intuyen
enseguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón nace espontánea una
invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».
Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno
de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil;
otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando
gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los
males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su
corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es un
acierto.
He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes
muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban preguntas y más preguntas sobre
toda clase de cuestiones teológicas, sin mostrar el menor interés por
encontrarse con Dios. Pero he visto también a gente sencilla cuyos ojos brillaban
de forma especial cuando yo leía textos como este del profeta Isaías: «Yo soy
el Señor, tu Dios… Tú eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te
quiero… No temas, que estoy contigo» (Isaías 43,4); o cuando pronunciaba el
Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente ternura el
Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de
que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se revela a gente sencilla.