Domingo 8 de marzo–
(Juan 4,5-42)
Tal vez una de las mayores desgracias del cristianismo contemporáneo
es la falta de «experiencia
religiosa». Son muchos los que se dicen cristianos y, sin embargo, no
saben lo que es disfrutar de su fe, sentirse a gusto con Dios y vivir
saboreando su adhesión a Jesús. ¿Cómo se puede ser creyente sin gozar nunca del
amor acogedor de Dios?
Bastantes cristianos «creen cosas» acerca de Jesús, pero no saben
comunicarse gozosamente con El.
Algo parecido sucede a veces en la celebración litúrgica. Se observan
correctamente los ritos externos y se pronuncian palabras hermosas, pero todo
parece acontecer «fuera» de las personas. Se canta con los labios, pero el corazón está ausente. Se recibe
el Cuerpo del Señor, pero no se produce una comunicación viva con él.
Es significativo también lo que sucede con la lectura de la Biblia. Los
avances de la exégesis moderna nos han permitido conocer como nunca la
composición de los libros sagrados, los géneros literarios o la estructura de
los evangelios. Sin embargo, no hemos
aprendido a saborear el evangelio de Jesús.
Todo esto produce una sensación extraña. En la Iglesia no faltan palabras
ni sacramentos. Se predica todos los domingos. Se celebra la eucaristía.
También hay bautizos, primeras comuniones y confirmaciones. Pero falta «algo», y no es fácil decir
exactamente qué. Esto no es lo que vivieron los primeros creyentes.
Hace falta una experiencia nueva del Espíritu que nos haga vivir por dentro
y nos enseñe a «sentir y gustar de las cosas internamente», como decía Ignacio
de Loyola. Nos falta gustar lo que decimos creer; saborear en nosotros la
presencia callada pero real de Dios. Nos falta espontaneidad con él, confianza gozosa en su amor.
Esta experiencia de Dios no es fruto de nuestros esfuerzos y trabajos. Al Espíritu hay que «hacerle sitio» en
la vida y en el corazón, en nuestras celebraciones y en la comunidad
cristiana. La Iglesia de nuestros días ha de escuchar también hoy las palabras
de Jesús a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios…». Solo cuando se
abre a la acción del Espíritu descubre el creyente esa agua prometida por
Jesús, que se convierte dentro de nosotros en «manantial que salta hasta la
vida eterna».