Domingo 15 de Febrero- (Mt 5, 17-37)
Una de las tareas más urgentes de la Iglesia de hoy y de siempre es
conseguir que la fe llegue a los hombres como «Buena Noticia».
No es fácil escuchar la llamada de Jesús al
perdón ni sacar todas las implicaciones que puede tener el
aceptar que un hombre es más humano cuando perdona que cuando se venga.
Sin duda hay que entender bien el pensamiento de Jesús. Perdonar no significa ignorar las injusticias
cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. Al
contrario, si uno perdona es precisamente para destruir, de alguna manera, la
espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse y actuar de manera
diferente en el futuro.
En la dinámica del perdón hay un esfuerzo por superar el mal con el bien. El perdón es un gesto que cambia
cualitativamente las relaciones entre las personas y busca plantearse la
convivencia futura de manera nueva. Por eso el perdón no ha de ser solo una
exigencia individual, sino que debería tener una traducción social.
La sociedad no debe dejar abandonado a ningún hombre, ni siquiera al
culpable. Toda persona tiene derecho a ser amada. No podemos aceptar que la represión penal solo «devuelva mal por mal» al
encarcelado, hundiéndolo en su delito, degradando su existencia e
impidiendo su verdadera rehabilitación.
No existe justificación alguna para actuar de manera vejatoria o injusta
con ningún encarcelado, sea delincuente común o político. Nunca avanzaremos
hacia una sociedad más humana si no abandonamos posturas de represalia, odio y
venganza.
El rechazo del perdón es un grito que, como
creyentes, no podemos suscribir nunca, porque,
en definitiva, es un rechazo de la fraternidad querida por Aquel que nos
perdona a todos.