Domingo 11 de Enero- (Mateo 3,13-17)
Jesús no actúa por las aldeas de Galilea de manera arbitraria ni movido por
cualquier interés. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por «el Espíritu de
Dios».
No quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la ley», preocupado
por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quieren que se le identifique con un falso
profeta, dispuesto a buscar un equilibrio entre la religión del templo y
el poder de Roma.
Los evangelistas no quieren, además, que nadie lo equipare con el Bautista, que nadie lo vea como un
simple discípulo y colaborador de aquel gran profeta del desierto. Jesús es «el
Hijo amado» de Dios. Sobre él «desciende» el Espíritu de Dios. Solo él puede
«bautizar» con Espíritu Santo.
Según toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el aliento de
Dios, que crea y sostiene la vida
entera. La fuerza que Dios posee para renovar y transformar a los
vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para sus hijos e
hijas.
Por eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a
curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y
mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar a la gente de «espíritus
malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar.
Las primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que había sido Jesús. Así resumían el
recuerdo que dejó grabado en sus seguidores: «Ungido por Dios con el Espíritu
Santo… pasó por la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el
diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos de los Apóstoles 10,38).
¿Qué «espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la
«pasión» que mueve a su Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace vivir y actuar
a nuestras comunidades? ¿Qué
estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en
nosotros, viviremos «curando» a oprimidos, deprimidos o reprimidos por el mal.