Domingo 28 de Diciembre- (Mt 2, 13-15; 19-23)
No
entenderemos la Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir
nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca, acoger la vida que nos
ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo
La
Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se
respira esos días en nuestras calles. Una fiesta mucho más honda y gozosa que
los artilugios de nuestra sociedad de consumo. Los creyentes tenemos que
recuperar de nuevo el corazón de esta fiesta y descubrir, detrás de tanta
superficialidad y aturdimiento, el misterio que da origen a nuestra alegría.
No
entenderemos la Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir
nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca, acoger la vida que nos
ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo.
En medio
de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste, se nos invita
a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida». No se trata de una
alegría insulsa y superficial. La alegría de quienes están alegres sin saber
por qué. «Nosotros tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría
plena y para la fiesta solemne: Dios se ha hecho hombre, y ha venido a habitar
entre nosotros».
Hay una
alegría que solo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios y
se dejan atraer por su ternura. Una alegría que nos libera de miedos y
desconfianzas ante Dios. ¿Cómo
temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo huir ante quien se nos
ofrece como un pequeño frágil e indefenso? Dios no ha venido armado
de poder para imponerse a los hombres. Se nos ha acercado en la ternura de un
niño a quien podemos hacer sonreír o llorar.
Dios no
es el Ser omnipotente y poderoso que a veces imaginamos los humanos, encerrado
en la seriedad y el misterio de su mundo inaccesible. Dios es este niño
entregado cariñosamente a la humanidad, este pequeño que busca nuestra mirada
para alegrarnos con su sonrisa. El
hecho de que Dios se haya hecho niño dice mucho más de cómo es Dios que todas
nuestras cavilaciones y especulaciones sobre su misterio.
Si
supiéramos detenernos en silencio ante este Niño y acoger desde el fondo de
nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizá entenderíamos por qué
el corazón de un creyente ha de estar transido de una alegría diferente:
sencillamente porque Dios está con nosotros.