CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO Domingo 20 de Diciembre-
(Mt 1, 18-24)
Después
de veinte siglos, los cristianos hemos de aprender a pronunciar el nombre de
Jesús de manera nueva
Entre los hebreos no
se le ponía al recién nacido un nombre cualquiera, de forma arbitraria, pues el «nombre», como en casi todas
las culturas antiguas, indica el
ser de la persona, su verdadera identidad, lo que se espera de ella.
Por eso el evangelista Mateo tiene
tanto interés en explicar desde el comienzo a sus lectores el significado
profundo del nombre de quien va a ser el protagonista de su relato. El «nombre»
de ese niño que todavía no ha nacido es «Jesús», que significa «Dios salva». Se llamará así porque «salvará a su pueblo de los
pecados».
La humanidad necesita ser salvada del mal, de las injusticias y de la
violencia; necesita ser perdonada y reorientada hacia una vida más digna del
ser humano. Esta es la salvación que se nos ofrece en Jesús.
Mateo le asigna además otro nombre: «Emmanuel». Sabe que nadie
ha sido llamado así a lo largo de la historia. Es un nombre chocante,
absolutamente nuevo, que significa «Dios con nosotros». Un nombre que le
atribuimos a Jesús los que creemos que, en él y desde él, Dios nos acompaña,
nos bendice y nos salva.
Las primeras generaciones cristianas llevaban el
nombre de Jesús grabado en su corazón. Lo
repetían una y otra vez. Se bautizaban en su nombre, se reunían a orar en su
nombre.
Después de veinte siglos, los cristianos hemos de
aprender a pronunciar el nombre de Jesús de manera nueva: con cariño y amor, con fe renovada y en actitud de conversión. Con su
nombre en nuestros labios y en nuestro corazón podemos vivir y morir con
esperanza.