TERCER DOMINGO
DE ADVIENTO Domingo 14 de Diciembre – (Mt 11, 2-11)
En estos tiempos de crisis religiosa y confusión interior es importante recordar que Jesucristo no es propiedad particular de las Iglesias. Es de todos. A él pueden acercarse quienes lo confiesan como Hijo de Dios, y también quienes andan buscando un sentido más humano a sus vidas.
Estoy convencido de que él puede ser para muchos el
mejor camino para encontrarse con el Dios Amigo y para dar un sentido más
esperanzado a sus vidas.
Jesús no deja indiferente a nadie que se acerca a él.
Uno se encuentra, por fin, con alguien que vive en la verdad, alguien que sabe
por qué hay que vivir y por qué merece la pena morir. Intuye que ese estilo de
vivir «tan de Jesús» es la manera más acertada y humana de enfrentarse a la
vida y a la muerte.
Jesús sana. Su pasión por la vida pone al descubierto nuestra superficialidad y
convencionalismo. Su amor a los indefensos desenmascara nuestros egoísmos y
mediocridad. Su verdad desvela nuestros autoengaños. Pero, sobre todo, su fe
incondicional en el Padre nos invita a salir de la incredulidad y a confiar en
Dios.
Quienes hoy abandonan la Iglesia porque se encuentran
incómodos dentro de ella, o porque discrepan de alguna de sus actuaciones o
directrices concretas, o porque sencillamente la liturgia cristiana ha perdido
para ellos todo interés vital, no deberían por ello abandonar automáticamente a
Jesús.
Cuando uno ha perdido otros puntos de referencia y
siente que «algo» está muriendo en su conciencia, puede ser decisivo no perder
contacto con Jesucristo. El texto evangélico nos recuerda sus palabras:
«¡Dichoso el que no se sienta defraudado por mí!» Dichoso el que entienda todo
lo que Cristo puede significar en su vida.