PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO Domingo 30 de Noviembre – (Mt 24, 37-44)
Un día la historia apasionante de los hombres
terminará, como termina inevitablemente la vida de cada uno de nosotros. Los
evangelios ponen en boca de Jesús un discurso sobre este final, y siempre
destacan una exhortación: «vigilad»,
«estad alerta», «vivid despiertos». Las
primeras generaciones cristianas dieron mucha importancia a esta vigilancia. El
fin del mundo no llegaba tan pronto como algunos pensaban. Sentían el riesgo de
irse olvidando poco a poco de Jesús y no querían que los encontrara un día
«dormidos».
Han pasado muchos siglos desde entonces. ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy?, ¿seguimos
despiertos o nos hemos ido durmiendo poco a poco? ¿Vivimos
atraídos por Jesús o distraídos por toda clase de cuestiones secundarias? ¿Le
seguimos a él o hemos aprendido a vivir al estilo de todos?
Vigilar es antes que nada despertar de
la inconsciencia. Vivimos el «sueño» de ser cristianos
cuando, en realidad, no pocas veces nuestros intereses, actitudes y estilo de
vivir no son los de Jesús. Este «sueño» nos protege de buscar nuestra
conversión personal y la de la Iglesia. Si no «despertamos», seguiremos
engañándonos a nosotros mismos.
Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de
los que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida.
Vivir más atentos a su presencia misteriosa entre nosotros. Sin esta
sensibilidad no es posible caminar tras los pasos de Jesús.
Vivimos a veces inmunizados a
las llamadas del evangelio. Tenemos corazón, pero se nos ha endurecido; tenemos oídos, pero no escuchamos lo que Jesús escuchaba; tenemos ojos,
pero no vemos la vida como la veía él, ni miramos a las personas como él las
miraba. Puede ocurrir entonces lo que Jesús quería evitar entre sus seguidores:
verlos como «ciegos conduciendo a otros ciegos».
Si no despertamos, a todos
nos puede ocurrir lo de aquellos de la parábola que
todavía, al final de los tiempos, preguntaban: «Señor ¿Cuándo te vimos
hambriento, o sediento, o extranjero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y
no te asistimos?»