Domingo 12 de
Octubre- (Lucas 17,11-19)
Hay
quienes caminan por la vida con aire triste y amargado. Su mirada se fija
siempre en lo desalentador. No tienen ojos para
ver que, a pesar de todo, lo bueno abunda más que lo malo. No saben apreciar tantos gestos nobles, hermosos y admirables
que suceden todos los días en cualquier parte del mundo. Tal vez lo ven todo
oscuro porque proyectan sobre las cosas su propia oscuridad.
Otros
viven siempre en actitud crítica. Se pasan la vida observando lo negativo que
hay a su alrededor. Nada escapa a su juicio. Se consideran personas lúcidas,
perspicaces y objetivas. Sin embargo nunca alaban, admiran o agradecen. Lo suyo es destacar el mal y
condenar.
Otros hacen el recorrido de la vida indiferentes a todo. Solo
tienen ojos para lo que sirve a sus propios intereses. No se dejan sorprender
por nada gratuito, no se dejan querer ni bendecir por nadie. Encerrados en su mundo, bastante tienen con defender su
pequeño bienestar cada vez más triste y egoísta. De su corazón no brota nunca
el agradecimiento.
Muchos viven de manera monótona y aburrida. Su vida es pura
repetición: el mismo horario, el mismo trabajo, las mismas
personas, la misma conversación. Nunca descubren un paisaje nuevo en sus vidas.
Nunca estrenan día nuevo. Nunca les sucede algo diferente que renueve su
espíritu. No saben amar de manera nueva a las personas. Su corazón no conoce la
alabanza.
Para vivir de manera agradecida es necesario reconocer la vida
como buena; mirar el mundo con amor y simpatía; limpiar la
mirada cargada de negativismo, pesimismo o indiferencia para apreciar lo que
hay de bueno, hermoso y admirable en las personas y en las cosas. Cuando san
Pablo dice que «hemos sido creados para alabar la gloria de Dios», está
diciendo cuál es el sentido y la razón más profunda de nuestra existencia. En
el episodio narrado por Lucas, Jesús se extraña de que solo uno de los leprosos
vuelva «dando gracias» y «alabando a Dios». Es el único que ha sabido
sorprenderse por la curación y reconocerse agraciado.