Domingo 21 de Septiembre- (Lc 7,11-17)
Jesús era ya adulto cuando Antipas puso en circulación
monedas acuñadas en Tiberíades. Sin duda, la monetización suponía un progreso
en el desarrollo de Galilea, pero no logró promover una sociedad más justa y
equitativa. Fue al revés.
Los ricos de las ciudades podían ahora operar mejor en
sus negocios. La monetización les permitía «atesorar» monedas de oro y plata
que les proporcionaban seguridad, honor y poder.
Mientras tanto, los campesinos apenas podían hacerse
con algunas monedas de bronce o cobre, de escaso valor. Era impensable atesorar
en una aldea. Bastante tenían con subsistir intercambiándose entre ellos sus
modestos productos.
Como ocurre casi siempre, el progreso daba más poder a los ricos y hundía
un poco más a los pobres. Así no era posible acoger el reino de
Dios y su justicia. Jesús no se calló: «Ningún siervo puede servir a dos amos,
pues se dedicará a uno y no hará caso del otro… No podéis servir a Dios y al
Dinero . Hay que escoger. No hay alternativa.
La lógica de Jesús es aplastante. Si uno vive
subyugado por el Dinero, pensando solo en acumular bienes, no puede servir a
ese Dios que quiere una vida más justa y digna para todos, empezando por los
últimos.
Para ser de Dios no basta
formar parte del pueblo elegido ni darle culto en el templo. Es necesario mantenerse libre ante el Dinero y escuchar su llamada a
trabajar por un mundo más humano.
Algo falla en el cristianismo de los países ricos
cuando somos capaces de afanarnos por acrecentar más y más nuestro bienestar
sin sentirnos interpelados por el mensaje de Jesús y el sufrimiento de los
pobres del mundo. Algo falla cuando pretendemos vivir lo imposible: el culto a
Dios y el culto al Bienestar.