Domingo 3 de Agosto- (Lucas 12,13-21)
«Túmbate, come, bebe y date
una buena vida»: esta consigna del hombre rico de la
parábola evangélica no es nueva. Ha sido el ideal de no pocos a lo largo de la
historia, pero hoy se vive a gran escala y bajo una presión social tan fuerte
que es difícil cultivar un estilo de vida más sobrio y sano.
Hace tiempo que la sociedad
moderna ha institucionalizado el consumo: casi todo se orienta a disfrutar de
productos, servicios y experiencias siempre nuevas. La consigna del bienestar es clara: «Date una buena vida». Lo que se nos
ofrece a través de la publicidad es juventud, elegancia, seguridad,
naturalidad, poder, bienestar, felicidad. La vida la hemos de alimentar en el
consumo.
Otro factor
decisivo en la marcha de la sociedad actual es la moda. Siempre ha habido en la
historia de los pueblos corrientes y gustos fluctuantes. Lo nuevo es el «imperio de la moda», que se ha convertido en
el guía principal de la sociedad moderna. Ya no son las religiones ni las
ideologías las que orientan los comportamientos de la mayoría. La publicidad y
la seducción de la moda están sustituyendo a la Iglesia, la familia o la
escuela. Es la moda la que nos enseña a vivir y a satisfacer las «necesidades
artificiales» del momento.
Otro
rasgo que marca el estilo moderno de vida es la seducción de los sentidos y el
cuidado de lo externo. Hay que atender al
cuerpo, la línea, el peso, la gimnasia y los chequeos; hay que aprender
terapias y remedios nuevos; hay que seguir de cerca los consejos médicos y
culinarios. Hay que aprender a «sentirse bien» con uno mismo y con los demás;
hay que saber moverse de manera hábil en el campo del sexo: conocer todas las
formas de posible disfrute, gozar y acumular experiencias nuevas.
Sería
un error «satanizar» esta sociedad que ofrece tantas posibilidades para cuidar
las diversas dimensiones del ser humano y para desarrollar una vida integral e
integradora. Pero no sería menos equivocado dejarnos
arrastrar frívolamente por cualquier moda o reclamo, reduciendo la existencia a
puro bienestar material. La parábola evangélica nos invita a descubrir la
insensatez que se puede encerrar en este planteamiento de la vida.
Para acertar en la vida no basta pasarlo bien. El
ser humano no es solo un animal hambriento de placer y bienestar. Está hecho
también para cultivar el espíritu, conocer la amistad, experimentar el misterio
de lo trascendente, agradecer la vida, vivir la solidaridad. Es inútil quejarnos
de la sociedad actual. Lo importante es actuar de manera inteligente.