Domingo
25 de Mayo– (Juan 14,23-29)
El pluralismo es un hecho
innegable. Se puede incluso afirmar que es uno de los rasgos
más característicos de la sociedad moderna. Se ha fraccionado en mil pedazos
aquel mundo monolítico de hace unos años. Hoy conviven entre nosotros toda
clase de posicionamientos, ideas o valores.
Este pluralismo no es solo un dato. Es uno de los pocos dogmas de nuestra cultura. Hoy todo puede ser discutido. Todo menos el derecho de cada uno a pensar
como le parezca y a ser respetado en lo que piensa. Ciertamente, este
pluralismo nos puede estimular a la búsqueda responsable, al diálogo y a la
confrontación de posturas. Pero nos puede llevar también a graves retrocesos.
De hecho, no pocos están cayendo en un relativismo total. Todo
da lo mismo. Ya no existe verdad ni mentira, belleza ni fealdad.
Nada es bueno ni malo. Se vive de impresiones, y cada uno piensa lo que quiere
y hace lo que le apetece.
En este clima de relativismo se está llegando a
situaciones realmente decadentes. Se defienden las creencias más peregrinas sin
el mínimo rigor. Se pretende resolver con cuatro tópicos las cuestiones más
vitales del ser humano.
La pregunta es inevitable. ¿Se puede llamar «progreso» a todo esto? ¿Es bueno para la persona y para la humanidad poblar la mente de
cualquier idea o llenar el corazón de cualquier creencia, renunciando a una
búsqueda honesta de mayor verdad, bondad y sentido de la existencia?
El cristiano está llamado hoy a vivir su fe en actitud de búsqueda responsable y
compartida. No da igual pensar cualquier cosa de la vida. Hemos
de seguir buscando la verdad última del ser humano, que está muy lejos de
quedar explicada satisfactoriamente a partir de teorías científicas, sistemas
sicológicos o visiones ideológicas.
El cristiano está llamado también a vivir sanando esta
cultura. No es lo mismo ganar dinero sin escrúpulo alguno que desempeñar
honradamente un servicio público, ni es igual dar gritos a favor del terrorismo
que defender los derechos de cada persona. No da lo mismo abortar que acoger la
vida, ni es igual «hacer el amor» de cualquier manera que amar de verdad al
otro. No es lo mismo ignorar a los necesitados o trabajar por sus
derechos. Lo primero es
malo y daña al ser humano. Lo segundo está cargado de esperanza y promesa.
También en medio del actual pluralismo siguen resonando las
palabras de Jesús: «El que me ama guardará mi palabra y
mi Padre lo amará».