Domingo 18 de mayo- (Juan
13,31-33a.34-35)
Jesús comparte con sus
discípulos los últimos momentos antes de volver al misterio del Padre. El relato de Juan recoge cuidadosamente su testamento: lo que Jesús
quiere dejar grabado para siempre en sus corazones: «Os doy un mandamiento
nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado».
El evangelista Juan tiene su atención puesta en la
comunidad cristiana. No está pensando en los de fuera. Cuando falte Jesús, en
su comunidad se tendrán que querer como «amigos», porque así los ha querido
Jesús: «Vosotros sois mis amigos»; «ya no os llamo siervos, a vosotros os he
llamado amigos”.
Esta imagen de la comunidad cristiana como «comunidad
de amigos» quedó pronto olvidada. Durante muchos siglos, los cristianos se han
visto a sí mismos como una «familia» donde algunos son «padres» (el papa, los
obispos, los sacerdotes, los abades…); otros son «hijos» fieles, y todos han
de vivir como «hermanos».
Entender así la comunidad cristiana estimula la
fraternidad, pero tiene sus riesgos. En la «familia cristiana» se tiende a
subrayar el lugar que le corresponde a cada uno. Se destaca lo que nos diferencia, no lo que nos
une; se da mucha importancia a la autoridad, el orden, la unidad, la
subordinación. Y se corre el riesgo de promover la dependencia, el
infantilismo y la irresponsabilidad de muchos.
Una comunidad basada en la «amistad cristiana»
enriquecería y transformaría hoy a la Iglesia de Jesús. La amistad promueve lo que nos une, no lo
que nos diferencia. Entre amigos se cultiva la igualdad, la reciprocidad y el
apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún
amigo es superior a otro. Se respetan las diferencias, pero se cuida la
cercanía y la relación.
Entre amigos es más fácil sentirse responsable y
colaborar. Y no es tan difícil estar abierto a los extraños y diferentes, los
que necesitan acogida y amistad. De una comunidad de amigos es difícil marcharse. De
una comunidad fría, rutinaria e indiferente, la gente se va, y los que se
quedan apenas lo sienten.