DOMINGO
DE RAMOS 13 de abril– (Lucas 22,14-23,56)
El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas
por la imagen del Crucificado, y está lleno también de personas que sufren,
crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados
de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados,
emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la
miseria en el mundo entero.
Es difícil imaginar un
símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios
crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes
que sufren de manera injusta en nuestro mundo.
Esa cruz, levantada entre
nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los
asesinados y torturados de Iraq, llora con las mujeres maltratadas día a día en
su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo
supiéramos, no nos serviría de mucho. Solo sabemos que Dios sufre con nosotros.
No estamos solos.
Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no recuperamos una y
otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del
Crucificado, tan presente entre nosotros, si no vemos marcados en su rostro el
sufrimiento, la soledad, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de
Dios?
¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho
si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren
junto a nosotros? ¿Qué
significan nuestros besos al Crucificado si no despiertan en nosotros el
cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven
crucificados?
El Crucificado desenmascara como nadie nuestras
mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y
manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y
nuestra indiferencia ante los que sufren. Para adorar el misterio de un «Dios
crucificado» no basta celebrar la Semana Santa; es necesario además acercarnos
más a los crucificados, semana tras semana.