Domingo 23 de febrero – (Lucas 6,27-38)
«A los que me
escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian». ¿Qué podemos hacer los creyentes
ante estas palabras de Jesús? ¿Suprimirlas del Evangelio? ¿Borrarlas del fondo
de nuestra conciencia? ¿Dejarlas para tiempos mejores?
No cambia mucho en las diferentes
culturas la postura básica de los hombres ante el «enemigo», es decir, ante
alguien de quien solo podemos esperar algún daño, por eso hemos de destacar
todavía más la importancia revolucionaria que se encierra en el mandato evangélico del
amor al enemigo, considerado como el exponente más diáfano del mensaje
cristiano.
Cuando Jesús habla del amor al enemigo,
no está pensando en un sentimiento de afecto y cariño hacia él, pero sí en una
actitud humana de interés positivo por su bien.
Jesús piensa
que la persona es humana cuando el amor está en la base de toda su actuación. Y
ni siquiera la relación con los enemigos ha de ser una excepción. Quien es humano hasta el final respeta
la dignidad del enemigo, por muy desfigurada que se nos pueda presentar. No
adopta ante él una postura excluyente de maldición, sino una actitud de
bendición.
Y es precisamente este amor, que alcanza
a todos y busca realmente el bien de todos sin excepción, la aportación más
humana que puede introducir en la sociedad el que se inspira en el Evangelio de
Jesús.
Hay
situaciones en las que este amor al enemigo parece imposible. Estamos demasiado heridos para poder
perdonar. Necesitamos tiempo para recuperar la paz. Es el momento de recordar
que también nosotros vivimos de la paciencia y el perdón de Dios.