Domingo 14 de abril – (Lc 24, 35-48)
Seguimos en estos domingos de Pascua con textos
bíblicos de las
apariciones de Jesús a sus discípulos. Los
discípulos de Emaús ya están con los demás discípulos contándoles cómo
reconocieron a Jesús al partir el pan. Pero, aunque los discípulos acaban de oír el testimonio
de los de Emaús, cuando se les aparece Jesús quedan atemorizados y asustados, incapaces de recibir el don de la paz que trae el Resucitado. En esta
ocasión, el diálogo
entre Jesús y los suyos se centra en mostrar la identidad entre el Jesús que
compartió con ellos en su vida histórica y el Resucitado que ahora está en
medio de ellos.
El Resucitado no es un
espíritu en el sentido de desprecio de este mundo o una presencia distinta,
haciendo cosas distintas. Precisamente el afán de mostrar la
identidad con el Jesús de la historia nos invita a entender que la vida del
Resucitado no nos lanza a vivir en otra esfera distinta del mundo en que
vivimos. Lo que hizo
Jesús en su encarnación es lo que permitió que ahora esté resucitado. Sus palabras, sus signos, sus acciones simbólicas, a través de las cuales anunció el Reino de Dios, todas ellas son las que permiten que ahora se le reconozca
como Hijo de Dios.
Y esta debería ser la clave para nuestra vivencia de
fe. Afirmamos creer en Jesús
Resucitado, pero esto significa asumir su misma vida, con el riesgo, de correr
su misma suerte. A esto nos llaman estos textos de
pascua: ser testigos de lo que Él
hizo y dijo: de su misericordia infinita, de su inclusión de
todos, de su puesta en acto del ser humano por encima de cualquier ley o
institución religiosa. Ese Jesús que ahora les pide algo de comer para
corroborarles su identidad, es el mismo que se sentó tantas veces a la mesa con
los marginados de su tiempo, mostrando que Dios los incluye en el banquete del
reino. De ahí que hoy sigue
vigente testimoniar esa inclusión sin medida, esa
capacidad de reconocer la presencia de Dios allí donde un ser humano
está, sin que nada pueda disminuirlo
en su dignidad para ser destinatario de la salvación ofrecida por Dios.
Pero es también el Jesús de la última cena donde el
gesto más contracultural fue ponerse él, siendo el maestro y Señor a lavar los pies de los
discípulos. Ahora es el Resucitado el que invita a ese servicio
incondicional de todos para con todos.
Porque es el mismo Jesús que
fue crucificado, la presencia del resucitado no es un dato inventado por sus
discípulos o una proyección de una especie de ídolo que
siguieron y ahora quieren encumbrar. ¡No! el que está en medio de ellos es el que no
decayó en su anuncio del reino, a costa de su propia vida. El Jesús que cumplió su
promesa de liberar a los pobres, devolver la vista a los ciegos, traer la vida
y la dignidad a sus contemporáneos, es el mismo Resucitado que hemos de
testimoniar. ¡Ojalá sepamos hacerlo!