DUELOS INIMAGINABLES

Lo peor está por llegar, nos dicen. Y para muchas personas lo peor ya ha llegado. La muerte nos visita con su cara más fiera: la del abandono. Pacientes que mueren en medio de la vorágine de los hospitales, sin sus seres queridos al lado. Y, sin embargo, no están solos.

Nos llegan relatos llenos de ternura donde nos hablan de enfermeras o de capellanes que acompañan, mano con mano, en ese crucial momento de tránsito; nos dicen que, en muchos casos, la última palabra del moribundo es “¡madre!”, con independencia de la edad del paciente. En un instante de lucidez se engendra la vuelta al vínculo de la vida, el regreso a esa experiencia radical de ser querido y achuchado en el momento de nacer. Ciertamente, es el amor recibido el que nos da la existencia y nos saca del anonimato; el nacimiento solo es un dato biológico.

Y a las familias les queda recorrer una experiencia sumamente dolorosa. La periodista Ana Fuentes, que en estos días ha perdido a su padre por la infección, escribe en una crónica: “miles de familias en medio mundo están siendo privadas de algo que los humanos necesitamos hacer desde que el mundo es mundo: decir adiós”. Se amontonan los duelos sin abrazos, los muertos sin enterrar y las preguntas sin respuesta. Y en medio de todas las dificultades inimaginables hemos de decir adiós a esos seres queridos. Un adiós envuelto por el llanto ante la ausencia y acompañado por la rabia ante la impotencia.

En estos momentos donde las palabras apenas nada dicen y se echa de menos el gesto cercano, el duelo adquiere una dureza extraordinaria. Nos adentramos progresivamente en este paréntesis hogareño donde no sabemos cómo administrar tanta muerte inesperada y cómo atravesar un duelo para el que nadie nos ha preparado.

Cuando el posthumanismo buscaba fórmulas para alargar la vida, la pandemia nos colocó frente al espejo de nuestra condición humana finita y frágil. La magnitud del drama desbocado nos detiene confinados y nos rompe por dentro. En este lugar interior hacemos duelo; y nos descubrimos desorientados y confusos. En ese lugar interior llorar nos humaniza, nos hace bien y es sanador. Siempre me impresionó Juanjo Aguirre, obispo en Centroáfrica, que vive su servicio pastoral contando las lágrimas de los más pobres, estando con ellos y poniéndoles en el centro. Es un estar callado enjugando las lágrimas de lo inimaginable.

¿Dónde está Dios?, nos preguntamos. Un Dios que es todo amor y compasión para con sus criaturas no puede sino llorar con nosotros. Donde no llegan nuestros abrazos puede llegar, quizá, el aliento del Dios que consuela y proporciona un suelo que pisar en medio del abismo.

Y cuando regresemos a esa vida que añoramos, deberemos atravesar un duelo colectivo por todas las pérdidas sufridas. El año pasado Escuelas Católicas elaboró una guía sobre el duelo en centros escolares. Será el momento, entonces, de adaptar con creatividad itinerarios, acompañamientos y celebraciones.

Deberemos dedicar todo el tiempo necesario y no pasar como de puntillas sobre algo que a todos nos sobrecoge. Las preguntas de los niños y adolescentes son las nuestras. Nos acompañamos.

En ese regreso encontraremos el momento de reconocernos y abrazarnos entre familiares y allegados. También será el momento de celebrar una ecumene del duelo donde se cruzarán las muertes reconocidas y lloradas junto con aquellas otras muertes anónimas que naufragan en el Mediterráneo, o se agotaron en el desierto africano o desaparecieron hace muchos años en nuestro país sin recibir una sepultura digna. Todas las muertes son dignas de ser lloradas y todas ellas nos conciernen; porque todas las vidas son igualmente valiosas.

Ojalá este duelo permita reconciliar lo mejor de nuestra condición humana, que no es la ambición desmedida que conquista sino la acogida de la vida vivible. Y que al atravesar cada duelo personal y transitar este duelo colectivo sepamos llegar a la necesaria recolocación de nuestra vida en adelante. Ya nada será como antes. Entonces, lo inimaginable del duelo podrá transfigurarse en lo inimaginable de la reconciliación y en la experiencia de la fraternidad.

Luis Aranguren Gonzalo

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